Y la noche, otra vez, se precipita
sobre los nombres.
El deseo, como una música antigua,
vuelve
Y los nombres, en el frío abandono
de los cuerpos,
buscan una excusa que les de razón:
un acento.
Urgentes y metálicos se arrastran,
caen, lloran exhaustos,
saben que el ansia no apacigua la sed.
Perdidos e incapaces insisten, insisten.
En la noche solitaria de nombres a la deriva
todo deseo es abrazar cuerpos mutilados en proscrito abandono,
besar los cantos fríos de sus miembros
donde la palabra es un lenguaje olvidado lejos de las bocas.
Son amargos los labios de la prisa,
y no hay azul de alas en las manos,
ni coro de voces que rediman
el amplio secreto que los nombres esconden
en la íntima soledad de su acento.
En cansancio ritual de los sexos cada noche
amenaza un silencio de espejos por las calles
y se hace lento y triste el viaje hasta la muerte.
En la noche, cuando la plegaria del amor
es un constante desatino, el ritual de los cuerpos
se abandona a recibir el dulcísimo néctar de los labios dilatados
y abocados en desesperada huída hacia el encuentro
besan el nombre febril de los sexos.
Soledad de lágrimas en pasillos largos,
repetición de oscuros laberintos por los ojos,
brumas de verbos en las calles confundidas,
presagio de un destierro consentido a la luz de dulces sueños
cuando la vida, sin norte, amenaza naufragio.
Todos estos poemas pertenecen a Paraíso de ángeles muertos
del poeta granadino Gerardo Venteo.
Nada fue inútil, nada. Ni siquiera este momento. Nunca he desertado voluntariamente de la luz ni de la música.
Huir es una traición que no concibo.
Acercaos, sentir mi pulso cálido.